Verónica E. Llaca es periodista, dramaturga y experta en yoga; ha publicado dos novelas: Cuerpos en renta y La simetría de los árboles; con esta última novela obtuvo en 2015 el premio nacional de Novela Negra Una vuelta de tuerca y saltó a la escena del género negro nacional. En este interrogatorio nos confiesa cómo se involucró con la narrativa policiaca y criminal.

 

¿Cómo fue tu primer encuentro con la novela negra?

Decir que mi primer encuentro fue leyendo a Edgar Allan Poe es un lugar común, pero así fue. Mi papá era un fanático de la lectura y tenía varios libros de él. Aunque creo que fue en una enciclopedia (es una tristeza que ya no existan las enciclopedias), en El Nuevo Tesoro de la Juventud, (que pagabas en abonos y los llevaban a tu casa, y era una fiesta cuando llegaban) que me encontré por primera vez con Poe. Recuerdo la sensación cuando leí La carta robada, la genialidad de Dupin al encontrarla en el lugar más obvio.  Me enamoré de su inteligencia y descubrí que me gustaban esos personajes inteligentes, deductivos, astutos, analíticos, capaces de ver lo que nadie más veía. Personajes que sólo aparecen en las novelas policíacas.

 

¿Qué autor de novela negra consideras indispensable?

Regreso a Poe, porque creo que desarrollé una especie de enamoramiento de niña con el escritor. Me leía sus libros, pero también todas las biografías que encontraba. Es curioso porque hoy no recuerdo grandes detalles de su vida, me atraía su locura a la que calificaba como locura inteligente.

 

¿De qué escritor has leído más libros?

Soy hiperactiva hasta en mis lecturas y he ido saltando de un autor a otro, no me considero sólo lectora del género negro.

 

¿Cuál te parece el mejor detective de todos los tiempos y por qué?

Sin duda Holmes, por la perseverancia del personaje a subsistir a través del tiempo. Hoy mis hijos ven las series donde aparece renovado, con nuevos casos, pero la constante a lo largo del tiempo es su inteligencia.

 

¿De todos los criminales literarios conocidos, ¿cuál te parece el mejor construido?

Sin duda Hannibal Lecter.

 

¿Qué debe tener una novela negra para atraparte?

Para atraparme necesita encender esa parte de mi cerebro que se engancha con el rompecabezas, además de unos personajes que logren obsesionarme, que no quiera hacer  nada más que estar leyendo. Soy una admiradora del ser humano, tanto de sus capacidades como sus debilidades, de su lado oscuro y el radiante. Me gusta que una historia me sorprenda, me tenga en vilo, pero que además me desvele algo acerca de quiénes somos y qué estamos haciendo aquí. A veces hay más luz en las sombras. Descubrir todo lo que somos capaces de hacer por el poder, por egoísmo, avaricia, locura, venganza o defensa, hambre, por subsanar un agravio, rencor, culpa o remordimiento, nos da un mapa mucho más claro de la humanidad.

 

Si la novela negra fuera un automóvil, ¿qué modelo sería?

Una minivan, de esas donde viajan las madres modernas.

 

Y si fuera una bebida…

Un café irlandés.

 

Una ciudad…

Cualquiera.

 

¿Qué te motiva a escribir novela negra?

Aún no descubro quién escogió a quién, si la novela negra a mí o yo a ella.

 

¿Cómo eliges el crimen que quieres contar?

Creo que la primera víctima soy yo, y el crimen me elige a mí.

 

¿Qué peso tiene el concepto de impunidad en tu obra?

Mucho más en la vida real, me ha tocado haciéndome sentir una impotencia tan grande que trato de resolverla en la literatura.

 

¿Dónde ocurren tus historias y cuál es el peso del lugar en ellas?

No es muy larga mi lista de libros publicados, los dos han sucedido en la Ciudad de México, otro personaje dentro de la historia.

 

¿Crees en los finales felices?

Creo en los finales ambiguos. La vida tiene un final tan absoluto y al mismo tiempo tan ambiguo, que los finales felices me parecen la solución más sencilla para negar la realidad.

 

 


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