Nahum Montt, autor de las novelas Midnight dreams, El Eskimal y la Mariposa, Lara y Hermanos de tinta, fue interrogado por Acapulco Noir sobre sus nexos con la novela negra. Aquí nos da los detalles de esta ya larga asociación delictuosa con el género y nos revela nombres claves para proseguir las investigaciones.

 

¿Cómo fue tu primer encuentro con la novela negra?

Nací y crecí en Barrancabermeja, una población que gira en torno a una refinería, una especie de Arabia Saudita pero versión latinoamericana: pura desigualdad y puro medio oeste. Mataban a los jóvenes que fumaban marihuana. Mataban a uno y preguntaban: ¿Y por qué lo mataron? Y la misma gente respondía: Por marihuanero. Y todos lo aceptaban. Ser marihuanero era causa suficiente para ser asesinado. En la década del Ochenta se dieron paros cívicos organizados por los empleados de la refinería. Hubo algunos desórdenes en el pueblo y nos enviaron un contingente de paracaidistas: los boinas verdes. Los soldados mejor preparados del ejército colombiano. Entraron a mi pueblo en un camión gigante, que se detuvo en uno de los semáforos. Y todos los chicos que estábamos curioseando nos quedamos viendo la nube de humo que salía de la parte trasera del camión…Pura marihuana. Nuestros Rambos, los defensores de nuestra democracia eran un grupo de marihuaneros. Esta imagen siempre me persigue cuando escribo novela negra. La paradoja: el lado bueno de los asesinos y el lado malo de los buenos. Creo que esta paradoja define lo que intento escribir.

 

¿Qué autor de novela negra consideras indispensable?

Más que un autor —ser autor es una circunstancia, un accidente— pienso en libros indispensables: el primero: Cosecha roja, de Dashiell Hammett. La historia del tipo que llega a un pueblo llamado Personville pero que todos llaman Poisonville, o Villa veneno y desata una matazón ni la hijuemadre; es la novela que más me impresiona (Me encanta la escena donde el investigador habla con un sindicalista llamado Bill Quint y el hombre le hace un resumen ejecutivo de los bajos fondos del pueblo). También me impresiona mucho Santuario de William Faulkner: sus atmósferas y el truco de dejar por fuera lo más importante de la narración (La escena del velorio de un joven asesinado por Popeye: están en un bar y uno de los dolientes lleva un montón de botellas que desencadena una borrachera babilónica, donde los asistentes terminan tumbando el cuerpo del muchacho muerto).

 

¿De qué escritor has leído más libros?

Silver Kane y sus novelas de vaquero. Me leí más de cien cuando era un candoroso seminarista en mi pueblo natal. Era apenas un muchacho y vivía en el medio oeste, en la ciudad de las tres PPP: Petróleo, Plata y Putas. También había muchos bandoleros y sheriff corruptos. Y un calor, que no se imaginan: al mirar las calles, desprendían tal cantidad de vapor que parecía uno estar entrando en el mismo infierno.

 

¿Cuál te parece el mejor detective de todos los tiempos y por qué?

El noctámbulo de Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe. ¿Y saben por qué? Porque Dupin no pertenece a esa raza de investigadores que rastrean y siguen huellas como si fueran pinches perros: comenzando por el periquero de Holmes y terminando con esa saga de sabuesos gringos y las franquicias de CSI. Dupin piensa y resuelve los casos como si fueran un simple ejercicio mental. Se toma su tiempo y deja que los demás se vayan detrás de las huellas. Su talento analítico está por encima del olfato y las intuiciones de Holmes.

A esta estirpe de investigadores pensadores pertenece el inspector y después comisario Martín Beck, creado por esa pareja genial de suecos Maj Sjöwall y Per Wahlöö. Me encanta por el equipo de incompetentes con quienes trabaja.

 

De todos los criminales literarios conocidos, ¿cuál te parece el mejor construido?

El Anibal Lecter, creado por Harris, iluminado por la traumatizada Clarice Sterling. Aunque creo que Anibal sin Clarice es como el Quijote sin Sancho, Holmes sin Watson.

 

¿Qué debe tener una novela negra para atraparte?

Un buen arranque y después la suficiente pericia narrativa para mantener el ritmo y el interés sin caer en trucos efectistas, de esos que usan los autores nórdicos para mantenerte en vilo, donde cierran capítulos con frase del tipo: “alguien tocó su hombro, giró la cabeza y no pudo ocultar su sorpresa…”

 

Si la novela negra fuera un automóvil, ¿qué modelo sería?

Es más una bicicleta, donde tienen que pedalear autor y lector ganar un premio de montaña fuera de categoría.

 

Y si fuera una bebida…

Un café de la sierra nevada de Santa Marta, el más delicioso y alucinógeno del mundo.

 

Una ciudad…

Bogotá: a 2.600 metros de altura: con poco oxígeno y ni una pizca de nieve. Una jungla con soroche.

 

Si tú fueras una novela negra, ¿cual sería tu título?

Las aventuras del capitán Venganza. Y sería un bandolero fantasmal que administra justicia en un pueblo sin ley ni derechos.

 

¿Qué te motiva a escribir novela negra? ¿Cómo eliges el crimen que quieres contar?

Las barbaridades que pasan en mi país y el resto del mundo. He tomado como punto de partida para escribir mis relatos de ficción los magnicidios que ocurrieron en la década de los Ochenta. He contado desde la novela El Eskimal y la Mariposa, los crímenes de dos candidatos a la presidencia. Y en Lara narré los últimos días del ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla, antes de ser ejecutado por las mafias del narcotráfico.

En Colombia, como en el resto del mundo, nadie le pide verosimilitud a la realidad. Y por eso nos divertimos cuando escuchamos en la radio o vemos en la televisión que en una isla asiática adoraron como una divinidad a una muñeca inflable que cayó del cielo. O que en California dos tipos disfrazados de ninjas asaltaron una camioneta que distribuía marihuana medicinal a pacientes terminales. O que en el De efe, después de un aguacero torrencial, la gente le tomó fotografías a un ataúd que flotaba sobre los arroyos de sus calles inundadas.

Nosotros no nos quedamos atrás: hace varios años, un mago fue arrestado porque hipnotizó a un grupo de cuarenta niños en una escuela y no fue capaz de despertarlos; los niños fueron llevados en ambulancia al hospital y el mago fue a dar a la cárcel para evitar su linchamiento.

Hace poco fue arrestado un loro llamado Lorenzo. La policía adelantaba una redada sorpresa para atrapar a una banda de pequeños traficantes que se hacen llamar los Panaverdes. Y los hubieran capturado pero el loro gritó desde su jaula, sobre un balcón: “corre, corre, corre, que te coge el gato”. Al único que pudieron arrestar fue a Lorenzo, el loro campanero.

Aquí, a este tipo de eventos extraordinarios que desafían la imaginación les llamamos Colombianadas. En México les dicen Mejicanadas; y así, de manera sucesiva, las demás repúblicas resultamos hermanadas por el absurdo de nuestras realidades.

Los hechos superan la imaginación. Lo cual no es lo mismo que decir que la realidad supera a la ficción.

 

¿Qué peso tiene el concepto de impunidad en tu obra?

Es un síntoma de una anomia, un problema que es mucho más complejo que la ausencia de justicia, aunque sea poética.

 

¿Dónde ocurren tus historias y cuál es el peso del lugar en ellas?

Es el espacio quien define a mis personajes. Es la atmósfera la que da sentido y coherencia al relato.

 

¿Crees en los finales felices?

Claro que creo en los finales felices. En Buenaventura, principal puerto de Colombia en el Pacífico, en un taller de escritura creativa, un niño sordo escribió la mejor fábula que jamás haya leído. El niño sordo escribió:

“Había una leona que tenía tres cachorritos. La leona estaba muy preocupada porque creía que sí ella moría, sus cachorritos también morirían. Un día la leona murió.”

Durante muchos años la vi como un reflejo cruel de nuestra historia reciente y me imaginé cómo uno de esos cachorritos que nada sabían del mundo, estrenando orfandad. Un día como hoy, tengo otra interpretación. Creo que a pesar de sus apariencias el texto del niño sordo no es una fábula sino una parábola, una alegoría de nuestra historia reciente.

Hoy, más de una década después de que este niño escribiera este pequeño relato, mi visión es más esperanzadora. Hoy creo que la leona es una metáfora de la guerra, que siempre estuvo con nosotros. La guerra ha terminado y ahora tendremos que aprender a vivir sin ella, como cachorros que estrenan la paz.

 

 


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