Después de tres libros de cuentos, Darío Zalapa publicó su primera novela, Perro de ataque, nombrada en las Jornadas de Detectives y Astronautas como la revelación policiaca del año. En este interrogatorio el escritor michoacano nos revela el origen de su asociación con la novela negra.

 

 

 ¿Cómo fue tu primer encuentro con la novela negra?

Fue con Filiberto García, por supuesto. Leí El complot mongol en el café del Fondo de Cultura de Guadalajara mientras mi padre tramitaba su VISA. Por él tengo el gusto arraigado por las películas de acción, no sé cuántas veces vimos la saga de Arma mortal cuando yo era niño, o las películas de Steven Seagal. Entonces descubrir a los veinte años que ese tipo de historias también se podían narrar, y bien, me cambió por completo el concepto que tenía del acto creativo. Leer inmediatamente después a James Ellroy terminó por convencerme de que eso era lo quería escribir.

 ¿Qué autor de novela negra consideras indispensable?

Pienso en Leonardo Padura. Lograr lo que él hace con la serie de Mario Conde me parece algo inaudito, una clase magistral de lo que significa darle vida a un personaje, reinventarlo en cada historia, hacerlo entrañable.

 ¿De qué escritor has leído más libros?

Tal vez de Dashiell Hammett, o del mismo Padura. Mexicano, Leo D´Olmo; todas las aventuras de Chucho Cárdenas son imperdibles.

 ¿Cuál te parece el mejor detective de todos los tiempos y por qué?

Me debato entre Mario Conde y Chucho Cárdenas, aunque este último era un reportero. De Conde me gusta su nostalgia sempiterna, su humor y su inteligencia natural, aderezos que considero necesarios en un buen detective. A Chucho Cárdenas le tengo un afecto especial porque me sirvió de base para crear a Rodrigo Quintana, el reportero de mi novela, y porque siempre que resolvía un crimen ponía en evidencia a la policía.

 De todos los criminales literarios conocidos, ¿cuál te parece el mejor construido?

Me vas a disculpar que cambie de género, pero me gustó mucho el asesino/pederasta de la primera temporada de True detective, Errol Childress. Sé que se lo comió la crítica, que incluso se cae un poco la trama por tratarse, al final, de un simple enfermo, pero me maravilló la dualidad que crea con Rust: aunque no aparece en la mayoría de los capítulos, su presencia se va permeando y exhibiendo en la obsesión de Rust por encontrarlo. Me gusta entonces él como personaje, y todo lo que logra a partir de su ausencia.

 ¿Qué debe tener una novela negra para atraparte?

Disfruto mucho las novelas que abordan la ciudad como personaje o elemento dinámico. Pienso en las novelas de Imanol Caneyada y en el peso que le pone a esto, en la trilogía de Los Ángeles de Ellroy, o hasta en Cosecha roja. La novela negra funciona como un gancho para conocer los bajos mundos y todo lo que involucran: noctámbulos maltrechos, criminales de poca monta, impunidad, víctimas a las que nadie escucha: el podrido corazón de la ciudad.

 Si la novela negra fuera un automóvil, ¿qué modelo sería?

Un Ford Maverick 70 bien conservado, con una femme fatale detrás del volante.

 Y si fuera una bebida…

Una cuba libre, sin dudarlo: oscura, bien cargada, exudando, con una rodaja de limón flotando hasta que se agota.

 Una ciudad…

La Habana en la que se mueve Mario Conde.

 Si tú fueras una novela negra, ¿cuál sería tu título?

El extraño y oscuro incidente ocurrido en una isla del Caribe, una noche de marzo.

 ¿Qué te motiva a escribir novela negra?

Pienso en la novela negra como un altavoz ante la descomposición del tejido social. Me gusta entonces compararlo con la nota roja: te permite hacer zoom al orificio que dejó la bala, a la rajadura que ocasionó el puñal, y a final de cuentas sobre esa herida debe tratarse la nota, o la novela. El fondo (el contexto, el momento histórico) expone no al individuo, sino las circunstancia que lo orillaron a cometer el crimen.

¿Cómo eliges el crimen que quieres contar?

Trato de encontrar antes todas las posibilidades que puede ofrecer, el reto que significa para quien lo va a esclarecer, y cómo afectará a los demás personajes. Que la realidad se come al género, lo sabemos, y por la misma razón cada vez es más difícil narrar hechos que logren sorprender al lector. Entonces eso se deja de lado, es una pérdida de tiempo buscar la sorpresa. Prefiero concentrarme en la naturaleza humana de los personajes y exigirles lo que realmente harían fuera de la ficción. 

¿Qué peso tiene el concepto de impunidad en tu obra?

Mucho. Perro de ataque finalmente habla de periodistas obligados a azuzar su instinto de supervivencia a partir de la certeza de que nadie más verá por ellos. Todos los personajes, a su manera, están corrompidos, son ratas que roerán lo que sea necesario con tal de alcanzar lo que quieren. El personaje del Ingeniero es el que mejor representa eso: ordena la ciudad –su ciudad– desde la comodidad de su oficina, en la zona financiera, y sabe que si se está yendo a la mierda es porque eso le conviene en ese momento, tener la ciudad hecha un infierno.

¿Dónde ocurren tus historias y cual es el peso del lugar en ellas?

La ciudad, siempre. Es un poco lo que ya mencioné: un escenario dinámico que termina por pesar en las decisiones de los personajes, que los obliga a ser los individuos ruines que son. Victimizan a todos los que los rodean, pero a su vez son víctimas de una ciudad que sólo les ofrece una certeza: si te descuidas, te va a llevar la verga.

¿Crees en los finales felices?

No me interesan, como tampoco me atrae el sentido de justicia, o la realización del héroe, o el amor romántico. Me interesan los relieves que despiertan el tacto, el olor a mierda arañando las fosas nasales, y la miseria es el sitio perfecto para encontrar eso. Creo entonces en los finales miserables.

Categorías: Entrevista

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