Inauguramos esta sección con el interrogatorio a Imanol Caneyada, escritor de origen vasco que a los 21 años llegó a México de mochilazo y se quedó para siempre. Nacionalizado mexicano desde 2005, Imanol se considera a sí mismo un escritor norteño, sonorense. En este territorio ha escrito la mayor parte de su obra narrativa y periodística. Autor de las novelas Tardarás un rato en morir, Espectáculo para avestruces y Las paredes desnudas, en 2015 obtuvo el premio José Fuentes Mares por Hotel de Arraigo

¿Cómo fue tu primer encuentro con la novela negra?

Mi primer encuentro fue en la niñez gracias a dos excelentes colecciones juveniles que existían entonces: El club de los cinco y Los tres investigadores. Pero a esa edad no tenía conciencia de que eso que leía era un género específico. Fue en la adolescencia que quedé prendado del Noir con Manuel Vázquez Montalbán y el reciente premio Cervantes, Eduardo Mendoza, y su delirante saga del detective que escapa del manicomio para resolver casos.

¿Qué autor de novela negra consideras indispensable?

Nunca he podido responder a esta pregunta. Son muchos, cada uno aporta algo al género algo especial que lo enriquece. Chandler y Hammett porque sientan las bases del género, dan el salto del tradicional policiaco al Noir. La Highsmith por la complejidad psicológica que suma al género. Y en español, Vázquez Montalbán y Paco Ignacio Taibo II, sin ellos el género en nuestro idioma hubiera sido tan solo destellos aislados, como el caso de El complot mongol, de Bernal, genial, pero un “rara avis” sin continuidad. Esta mancuerna, Vázquez Montalbán-PIT II, nos enseñó que se podía escribir gran Noir en sociedades en las que parecía imposible.

¿De qué escritor has leído más libros?

¿Escritor del género negro? De Vázquez Montalbán.

 ¿Cuál te parece el mejor detective de todos los tiempos y por qué?

Uf, qué difícil, me cuesta mucho responder a esta pregunta. Sin Philip Marlowe no existiría el detective Noir, tendríamos al sobrado y a veces insoportable Sherlock Holmes, muy inglés, imposible de replicar en Iberoamérica. Con el detective de Chandler nace una posibilidad mucho más humana.

De todos los criminales literarios conocidos, ¿cuál te parece el mejor construido?

Aquí no tengo duda: Tom Ripley, de la Highsmith, deliciosamente complejo. El crimen como último recurso para mantener su estatus social, su aburguesada y pacífica vida. 

¿Qué debe tener una novela negra para atraparte?

Morbo, morbo, morbo y más morbo. Morbo en esta acepción, por supuesto: la fascinación por aquello que puede resultar desagradable, cruel, prohibido o que va contra la moral establecida.

Si la novela negra fuera un automóvil, ¿qué modelo sería?

Lo único que sé de coches es que se introduce la llave en el arranque para prenderlo y poco más. Sí creo que sería un modelo de esos aguantadores, todoterreno, despreciado por la élite por su aparente fealdad pero imprescindible. No sé si exista un coche así, seguro que sí.

Y si fuera una bebida…

Un güisqui, 100 por ciento malta, destilado en alambiques de cobre, sin hielo, derecho, para los bebedores que no gustan de artificios.

Una ciudad…

Todas las grandes urbes son una novela negra.

Si tú fueras una novela negra, ¿cual sería tu título?

La muerte no tiene pasaporte.

¿Qué te motiva a escribir novela negra?

Sobre todo y ante todo, la diversión. Me divierto escribiendo novela negra. Además, la novela negra se ajusta como ningún otro género a la definición que hace de la literatura Amos Oz, la cual suscribo con entusiasmo: “La literatura es sobre puentes cayéndose”.

¿Cómo eliges el crimen que quieres contar? 

Creo que el crimen me elige, se me cruza en el camino, me sacude y entonces me pongo a escribir para exorcizarlo.

 ¿Qué peso tiene el concepto de impunidad en tu obra?

Si escribes novela negra en México, la impunidad es una constante, vivimos en un país en el que se resuelve el 1% de los delitos. La impunidad lo es todo.

¿Dónde ocurren tus historias y cual es el peso del lugar en ellas?

La mayoría de mis novelas, hasta ahora, se desarrollan en una ciudad sin nombre, en la frontera entre México y Estados unidos, enclavada en el desierto. A veces pienso  que la trama y los personajes de mis novelas no son más que un pretexto para escribir sobre este espacio que me espanta y me fascina.

¿Crees en los finales felices?

No hay finales felices en la novela negra. A los sumo, a veces, logramos establecer un mínimo grado de justicia empañada por la sangre que se ha derramado en el camino.

Categorías: Entrevista

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